0. Preliminares

En el bar, delante de un café con leche, un editor le explica a un novelista flaquito, con cara de padecer del hígado y quién sabe también si de hemorroides:
-- Mire usted, Cirilo, dejémonos de zarandajas y de modernismos. La novela, ¿me escucha usted?
Cirilo se sobresaltó por dentro y puso un gesto casi ruin de estar atendiendo mucho.
-- Sí, señor, sí. La novela...
El editor siguió:
-- Pues eso. La novela, dejémosnos de monsergas y de modernismos, debe constar de los tres elementos tradicionales, clásicos, esenciales. ¿Me entiende usted?
El novelista, por poco, le responde: «Sí, señor, le entiendo a usted la mar de bien: fe, esperanza y caridad.» Pero pudo contenerse a tiempo.
--Sí, señor, ya lo creo. ¡Los tres elementos tradicionales, clásicos, esenciales! ¡Je, je!
El editor respiró hondo y continuó.
--¿Quiere usted un cafetito?
--Bueno...
--Oiga, un cafetito para este señor.
El editor miró para Cirilo y Cirilo se compuso unos ojitos de oveja, unos ojitos que querían significar todo su mucho gradecimiento.

--Y esos tres elementos de que le hablo, amigo mío, esos tres elementos tradicionales, clásicos, esenciales, dejémonos de gaitas y de modemismos, son, ¿sabe usted cuáles son?
--Siga, siga...

--Pues son: planteamiento, nudo y desenlace. Sin planteamiento, nudo y desenlace, por más vueltas que usted quiera darle, no hay novela: hay, ¿quiere usted que se lo diga?
-- Sí, señor, sí.
--Pues no hay nada, para que lo sepa. Hay ¡fraude y modernismos!
El pobre Cirilo estaba hundido, anonadado. El editor usaba unos argumentos muy sólidos.

--Y si usted quiere que le encargue una novela, ya sabe: planteamiento, nudo y desenlace. Verbigratia: una joven huérfana trabaja como una negra para poder sacar adelante a sus once hermanitos, que también son huérfanos y están algo delicados.Para darle mayores visos de realidad, podemos decir que trabaja en el Instituto Nacional de Previsión, en la sección de seguros para Madres Lactantes. Bueno. La joven, que se llama, por ejemplo, Esmeralda de Valle-Florido, o Graciella de Prado-Tierno, o algún otro nombre cualquiera, el caso es que sea bello y simbólico, conoce un día, en una cafetería americana, ¡hay que ser modernos!, a un joven apuesto, de mirar profundo, que se llama, por ejemplo, Carlos o Alberto. No se le ocurra ponerle Estanislao; comprenda que no hace bien.
--Claro; sí, señor.
--Pues eso. ¡Ya casi tenemos el planteamiento! Carlos, que es muy desgraciado, corteja a Esmeralda, que tampoco es feliz, pero Esmeralda le pone una condición: «¡Carlos!» «Dime, amor» «Quítate del vermú» Carlos se aparta de la bebida y la joven pareja pasa por instantes muy dichosos. ¿Eh, qué tal?
Cirilo estaba entusiasmado.
-- ¡Extraordinario!
El editor sonrió, satisfecho.
--Pues nada, ¡para que vea mi afán de colaboración!, si le gusta, ¡se lo regalo!
--Gracias, don Serafín, muchas gracias. ¡Nunca podré agradecerle bastante todo lo que usted hace por mí!
Don Serafín se esponjó.
--¡No hay que darlas! Bueno, vayamos ahora al nudo. Esmeralda, rebosante de dicha, esperó a que su prometido cumpliera años y le regaló un parchís. Carlos, al desempaquetar el parchís, no pudo disimular un hondo gesto de contrariedad. ¿Qué sucedía? ¿Por qué no le había agradado el presente de su amada? ¿Qué misterio encerraba el parchís? ¡Ah! ¡Ahí, precisamente, ahí, estaba el misterio! ¿Le gusta a usted cómo va el argumento?
--¡Un horror ! Siga usted.
--Pues ya tenemos el nudo. Pasemos ahora al tercero de los elementos tradicionales, clásicos, esenciales: el desenlace. Todo gira alrededor del parchís. ¿Estaba envenenado el parchís? ¿Traía a su mente recuerdos de su mala vida pasada, que hubiera preferido alejar de sí como una honorífica visión? ¡Ah! Lo que sucedía era que Carlos, al ver cómo Esmeralda desenvolvía el parchís, se percató de que era cierto y bien cierto lo que siempre había temido: que ambos eran hermanos de padre. ¡Maldición! ¡Ese gesto de ir enrollando el cordelito en un dedo le descifró todo el misterio! «¡Esmeralda!» «Diga. Digo, ¡di!» «¡Nuestro amor es imposible!» «¿Y eso?» «Sí, Esmeralda, ¡una misma sangre late en nuestras venas!» «¡Caray!» «Sí, Esmeralda, ¡apartémosnos el uno del otro!» Esmeralda se apartó y, ¡ zas !, se desmayó. Carlos, cabizbajo, se hizo benedictino. ¿Eh? ¿Qué tal? Cirilo no pudo menos de responder:
-- ¡Magnífico, magnífico!
El editor siguió explicando su teoría de la novela y después se marchó. El joven de provincias se acercó a Cirilo.
-- ¡Hola, buenas!
Cirilo, que acababa de recibir un encargo en firme, ni le miró. ¡Estaría bueno!
--¿Le molesto?
--No, no...
El joven de provincias se acercó aún más a Cirilo a ver si se le pegaba algo.